Los humanos somos de memoria frágil y se nos olvida con demasiada facilidad lo que no nos interesa. Es bueno olvidar los desastres y las catástrofes, pero debemos ser conscientes de haber aprendido algo con el sufrimiento propio o, incluso, con el de los demás.
Hace tan sólo 25 años en la Europa civilizada, en la que se fraguan los códigos morales que deberían extenderse al resto del mundo, existió una guerra. Una contienda entre ciudadanos civilizados que llevaban viviendo bajo una misma bandera desde 1963, cuando Josip Broz, Tito de Yogoslavia, intentó unificar etnias, religiones y economías.
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Mientras el control militarista mantuvo con mano férrea la unidad de una república federal no hubo posibilidad de escisiones, pero al fallecer Tito en 1983, y tras la declaración de intenciones de Eslovenia y Croacia de conseguir su independencia para unirse a la Unión Europea, se desataron muchas revueltas populares que llevaron a la declaración de guerra civil en 1991. Si os interesan los pormenores de esta guerra no tendréis problema en conseguir mucha y muy abundante información en la Red: como resumen sólo diré que en tan solo 3 años murieron 223.000 ciudadanos (de los cuales 200.000 eran bosnios musulmanes) y hubo 2,7 millones de desplazados, en una población que por aquel entonces superaba por poco los 20 millones de habitantes. Calculad los porcentajes y aplicadlo a un país como España... todo esto en pleno siglo XX en la Europa de la cultura.
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De todos los países implicados el que salió claramente damnificado fue Bosnia y Herzegovina, territorio donde convivían las tres etnias más importantes (musulmanes, católicos y ortodoxos) en porcentajes equivalentes (hoy en día vuelven a convivir en cuotas del 33% de cada confesión religiosa) que, además, era el que disponía de una economía más humilde.
Un cuarto de siglo después Bosnia y Herzegovina continua recuperándose de sus heridas y es uno de los países donde más me ha gustado viajar siempre. Para las motos tiene un trazado de carreteras excepcionales, los ciudadanos son muy amigables, el turismo no está demasiado desarrollado (salvo en puntos concretos) y el paisaje nos permite disfrutar desde las montañas más enrevesadas, hasta los parques fluviales más espectaculares.
Las fotos que acompañan a este texto están tomadas todas en Mostar que -junto con Sarajevo- son las dos ciudades más importantes de Bosnia. Su emblemático puente, el Stari Most, reconstruido sobre el río Neretva por tropas españolas en 1993, es la arteria donde, a una y otra margen, quedan más patentes los cambios culturales.
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A muy pocos metros del puente se encuentra uno de los muchos cementerios que enlutecen Mostar: es visita obligada para el viajero (el turista que se quede comprando baratijas en las tiendas de souvenirs) para rendir homenaje a todas aquellas personas que perdieron la vida por la paz y la concordia. Y para aprender que en una guerra estúpida, como todas las guerras, los muertos tienen nombres y apellidos, hermanos, padres... y posiblemente nunca llegaron a saber lo que había después de la adolescencia.
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